Fraternal[i], de Raúl Ariza

Por Paula Palacios García

Les Bèsties y ese síndrome de Estocolmo emocional

Hoy, que tanto se discute la metafísica diferencia entre un hogar y una casa, sobre si pesa más el vínculo social y afectivo entre las personas, o el derecho dizque inalienable a la multipropiedad privada e incluso especulativa, Raúl Ariza nos sienta a la mesa de un comedor para seis personas, con sus seis sillas, pero que solamente comparten dos hermanos, pasados ambos los cuarenta. 

Dos niños grandes (físicamente enormes, de hecho) crueles y acomplejados. “Los hijos raritos del cerdo de Ramón y la desgraciada de Cristina”. Dos hombres que se desprecian pero que comparten una herencia mucho más compleja que la repartición de unos cuantos metros cuadrados. Ambos cargan una pesada historia familiar que consume la convivencia entre ellos y que, por momentos, es un ring de boxeo, casi todo el tiempo, un tentadero de iras amarradas.

Sergio y Rubén apenas hablan entre ellos, llenan sus silencios con programas de televisión populistas y, sobre todo, se llenan las cabezas con el zumbido del arcón que guardan en el garaje, un arcón que es mucho más que un simple electrodoméstico.

“Como si la locura de esta casa se debiera al ruido constante que sale del arcón, en vez de considerar al arcón una de las evidentes consecuencias de la locura que reina en la casa”.

Nos sentamos a esa mesa con dos depredadores mediterráneos, pero que reconocemos como universales, personajes que nos remiten a los dos hermanos protagonistas de As Bestas de Rodrigo Sorogoyen o a los cazadores que tan bien retrata Manolo Rivas en Detrás del Cielo. Porque si algo les gusta a Sergio y a Rubén es cazar, herencia de un padre al que odiaron en vida, pero del que admiraban su forma de ser.

“Le gusta cazar con su padre porque apenas hablan si no es de cómo se ha de matar y del placer que causa cuando sabes matar y matas bien”.

La caza no es un deporte ni una afición, es un modo de vida, incluso una forma de relación y comunicación, y funciona como gran nexo de unión familiar.

Muerto el padre, tenemos una manada de dos, con un líder natural que es el hermano mayor, Sergio, y un peón sumiso, el pequeño, que es el que da más miedo todo el tiempo. Rubén es callado, torpe pero sibilino, y se relame ante la pieza intimidada. El narrador lo deja claro desde el principio: “matar bichos le ha apasionado desde niño”.

La caza requiere de disciplina y la caza al aguardo requiere de mucha paciencia, pero la caza es, sobre todo, coquetería, reafirmación del ego:

“Ellos no lo saben. No lo han pensado nunca en estos términos. Pero esto consiste únicamente en poder mirar a la presa de tan cerca que puedas ver reflejada tu victoria en sus ojos. Solo se mata por eso. La carne es lo de menos”.

Decía hace poco la actriz Lola Dueñas, durante la todavía hoy inconclusa promoción de la película La bola negra, que el dolor se hereda y que, al no haber tenido ella hijos, ahí se acababa ese sufrimiento. Raúl Ariza nos enfrenta en Fraternal a esa herencia que no tiene nada que ver con el color de los ojos, ni siquiera con una enfermedad de transferencia genética, sino a lo que se nos transmite en las conductas, en las dinámicas relacionales de la familia, en lo que respiramos dentro de esa casa que no siempre eleva a la categoría de hogar, sino más bien a un síndrome de Estocolmo que ata mucho más que los meros lazos de sangre.

La familia es, por supuesto, un tema primordial en la novela. La relación que se trabaja es fundamentalmente horizontal, como ya nos alerta su título, y la fraternidad que nos ocupa conlleva servidumbres oscuras, lazos difíciles de resolver y que aprietan tanto que apenas dejan circular la sangre.

Pero el drama es mucho más transversal.

Aunque la desgracia familiar palpita en el aquí y ahora, el narrador también se ocupa de mirar en algunos momentos al pasado para darnos algo más de luz sobre hechos sucedidos durante la infancia de los protagonistas, incluso antes de que hubiesen nacido. Y no es tanto para comprenderles, sino para darle al lector una posición más firme sobre la que pisar mientras avanza en la trama.

Ariza nos sumerge en un universo masculino y testosterónico. Tipos taciturnos que dan todo el asco, pero a los que nadie planta cara del todo ni es capaz de parar los pies. Una sociedad que vive inflamada, que se pudre por dentro, igual que algo se pudre dentro de un arcón congelador arrumbado en un garaje o en el interior de una fosa séptica.

La profundidad en la creación de los dos personajes protagonistas, con profusión de matices, contrasta con los personajes femeninos, que funcionan prácticamente como excusa para caracterizar a los hombres de la novela.

“Sergio habla con Magda, pero no le pregunta nada a ella, ni cómo ha ido su día ni por su familia”.

Porque Fraternal también tiene algo de Millenium mediterráneo, aunque sin una Lisbeth Salander que se cobre venganza. Estamos ante una novela mucho más realista, una autoficción del mundo real (que no del autor) tremendamente creíble y, si hay algo que atraviesa a todas las culturas, son esos hombres que ya no es que no amen a las mujeres, es que son incapaces de vernos como seres humanos.

Las mujeres les producen excitación y asco al mismo tiempo.

Dice Virginie Despentes en La teoría King Kong que “a los hombres les gustan los hombres, pero, entre las cosas que les han inculcado está el miedo de ser marica, la obligación de que les gusten las mujeres. De paso, furiosos por tener que someterse, le dan un par de hostias a una o dos chicas”.

Por tanto, lo que les excita en realidad no son las mujeres, les excita someterlas, disciplinarlas, cazarlas. La forma de mirar a las mujeres es el acecho, igual que en la caza, estar siempre al aguardo. 

“Le gusta por su falta de carácter. Le gusta porque la imagina dependiente y complaciente…Porque cree estar seguro de que es una mujer que renunciaría incluso a la felicidad, a cambio de protección y seguridad. Masculina. Y eso a Rubén le excita más que cualquier otra cosa”.

Las mujeres en la novela aparecen retratadas como Caperucitas miedosas rodeadas de lobos poco astutos, pero muy hambrientos, obcecados, entrenados y pacientes. Las mujeres son humilladas y deshumanizadas. Mujeres que se comportan como cervatillos paralizados por las luces de un coche en medio de la carretera, esperando el inevitable atropello que se cierne sobre ellas. 

Ariza se ocupa de diferentes grados de violencia y machismos estructurales que va trufando a lo largo de toda la novela. Nos encontramos formas más modernas de entrenamiento para la misoginia, como los foros en los que los incels descargan su rabia y pergeñan mayores o menores venganzas contra las mujeres.

Las trabajadoras que rodean a los hombres de la novela no tienen nombre propio. La empleada que limpia la casa de los hermanos es la marroquí; la camarera que atiende el bar, la colombiana. Las que sí tienen nombres de mujer son las casas de fin de semana, y queda bastante claro que sus propietarios aprecian más a esas residencias de viernes a domingo que a sus propias esposas. Solo la que ha perdido la memoria y se comporta como una niña merece cierta misericordia, que tampoco amor, de su marido. Las mujeres molestan hasta cuando desaparecen.

“Habla también el alcalde del pueblecito, que se muestra desolado porque la desaparición ha empañado las fiestas patronales”.

Not all men, pero las mujeres son todas iguales y por eso merecen ser tratadas como presas. 

Fraternal se enmarca en un noir que sale de los habituales bajos fondos a los que nos tiene acostumbrados el género más clásico. Ariza no oculta la maldad detrás de nada que no sea cotidianidad, por momentos incluso cierta apatía en la acción, y este es posiblemente el mayor atributo de la historia para que resulte absolutamente oscura.

Nos movemos en un entorno mediterráneo, medio ficticio en algunos de los enclaves, pero tan reconocible y minuciosamente descrito (lírico por momentos) que cualquiera podría identificar los lugares de la novela con otros reales sin demasiado esfuerzo.

Aunque la naturaleza de los protagonistas les hace huir de ese Mediterráneo luminoso que cualquier lector medio podría tener, a priori, en su imaginario personal.  De toda esa luz se esconden los hermanos detrás de persianas bajadas, ellos se mueven mejor en la penumbra. Es el anillo más profundo del infierno de Dante en medio de cualquier ciudad de vacaciones. Un país de desgracias, negro y plasmático, en el que la noche es propicia para llevar al extremo cualquier miseria emocional.

Fraternal es realista y verosímil en todas sus aristas. Es todo tan normal y reconocible que asusta.

La lectura se desliza casi de un modo cinematográfico, como si el lector/espectador estuviese allí sentado, a esa mesa con sus seis sillas, en el sofá del salón, bajo la higuera de la finca, en el asiento trasero del coche, agazapado al aguardo entre unos matorrales.

El autor, igual que sucede con el negativo de una imagen, nos dice algo que conocemos, pero de otra manera. Nos mete dentro de los ojos del que acecha, aunque sin justificar a los personajes ni mostrar compasión por ellos, por más que se acerque a sus pensamientos más íntimos.

Muchas veces, el narrador cuenta en la misma clave de la mente del personaje: “La chica de la mesa de enfrente de la de Rubén se llama Aurora. Cuarenta y seis o cuarenta y siete, tendrá. Más probable que sea soltera, a pesar de su edad, que divorciada”. O bien utiliza un léxico que, por vejatorio, de nuevo nos resulta más propio del personaje que de una voz externa, explicando, por ejemplo, que en el parque solo hay carne vieja y cachorros.

La novela suma por momentos pinceladas de una actualidad que también hace mucho tiempo que no nos da buenas noticias. Se mezcla lo micro de la trama con lo macro del mundo exterior que todos reconocemos. La maldad campa a sus anchas en ambos escenarios.

Leer Fraternal es entrar de lleno a esa materia infecta que ocupa el hueco del corazón de los hombres que nunca amaron a las mujeres porque tienen demasiado miedo de conocerse a sí mismos.

Hasta el demonio tuerce el morro cuando los ve pasar.


[i] Fraternal, Raúl Ariza, Alrevés Editorial, Barcelona, 2026.

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