EDUCACIÓN

PEDAGOGÍAS DE LA MEMORIA

CUANDO LA TIERRA DEVUELVE LAS PREGUNTAS  A CINCUENTA AÑOS DE LA ÚLTIMA DICTADURA CÍVICO-MILITAR, EMPRESARIAL Y ECLESIÁSTICA EN LA ARGENTINA

Por Romina Soledad Bada

Hay algo profundamente conmovedor en saber que, a cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, todavía hay personas desaparecidas cuyos restos comienzan a ser encontrados. Como si el tiempo, que tantas veces parece avanzar hacia el olvido, nos obligara a detenernos frente a aquello que nunca debió haber ocurrido. En la Loma del Torito, cerca del excentro clandestino de detención, tortura y exterminio La Perla, en Córdoba, la tierra devuelve fragmentos de una historia que el terrorismo de Estado intentó ocultar. Cada hallazgo abre una herida, pero también una posibilidad: conocer la verdad, restituir identidades y ofrecer respuestas a familias que llevan décadas preguntándose dónde están sus seres queridos.

¿Qué significa hablar de pedagogías de la memoria cuando el pasado continúa revelando sus secretos? ¿Cómo enseñar una historia que no está definitivamente cerrada, cuyos silencios todavía emergen del suelo y nos obligan a revisar aquello que creíamos saber? Quizás es tiempo de comenzar por comprender que las memorias no son una pieza inmóvil que se conserva en los libros escolares ni una fecha que se recuerda una vez al año. Son una construcción social, histórica y política que se transforman con las generaciones y que nos compromete en el presente.

Los hallazgos en las inmediaciones de La Perla nos enfrentan con una verdad dolorosa: la desaparición forzada no consistió solamente en secuestrar, torturar y asesinar personas. También implicó ocultar sus cuerpos, borrar sus huellas y negarles a sus familias el derecho a conocer su destino. ¿Cómo se elabora una pérdida cuando no hay un cuerpo, cuando la ausencia se prolonga durante décadas y cuando el Estado, que debería proteger la vida, fue responsable de destruirla? ¿Qué significa recibir una respuesta después de cincuenta años de incertidumbre?

Para muchas familias, la búsqueda se convirtió en una forma de resistencia. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los familiares, los sobrevivientes y los organismos de derechos humanos sostuvieron una lucha que permitió transformar el dolor individual en una demanda colectiva de verdad y justicia. Al respecto, Elizabeth Jelin (2002) señala que las memorias no son un proceso espontáneo o puramente individual: son una práctica marcada por la controversia, los silencios y las relaciones de poder. Las memorias en este país fueron conquistadas por quienes se negaron a aceptar que la desaparición se convirtiera en olvido.

Los recientes hallazgos en la Loma del Torito profundizan esa tarea. La investigación científica, los testimonios y el trabajo de los equipos forenses permiten recuperar evidencias, identificar restos humanos y reconstruir historias que fueron deliberadamente ocultadas. Detrás de cada identificación hay un ser humano que tuvo un nombre, una familia, afectos, proyectos y una vida que no puede reducirse a las circunstancias de su muerte. Recuperar su identidad no repara todo el daño, pero permite restituir una verdad que fue negada durante décadas. La ciencia se convierte, así, en una herramienta de memoria y justicia.

Sin embargo, ¿cómo evitar que estos hallazgos se conviertan simplemente en cifras que conmueven durante unos días y luego desaparecen de la conversación pública? ¿Cómo enseñar esta historia sin reducir a quienes fueron desaparecidos a la condición de víctimas, olvidando que fueron personas con ideas, deseos, vínculos y proyectos? Mirar lo sucedido desde el presente requiere devolverles su humanidad, comprender sus trayectorias y reconocer que el terrorismo de Estado buscó destruir cuerpos, relaciones sociales, organizaciones y formas de imaginar una sociedad diferente.

Las escuelas ocupan un lugar fundamental en este desafío. Sandra Ragio (2023), desde su perspectiva, expresó que enseñar la dictadura no debería limitarse a enumerar acontecimientos ni a cumplir con una efeméride. ¿Qué sentido tiene repetir consignas si no logramos comprender cómo fue posible que el Estado organizara un sistema clandestino de secuestro, tortura, asesinato y desaparición? ¿Qué sucede cuando los estudiantes aprenden fechas, pero no consiguen relacionar esa historia con las preguntas del presente?

Enseñar las memorias supone abrir espacios para investigar, escuchar testimonios, analizar documentos y formular preguntas que permitan comprender la complejidad de lo ocurrido. Los hallazgos de La Perla pueden convertirse en una oportunidad pedagógica para acercar la historia a las nuevas generaciones: conocer cómo trabaja un equipo de antropología forense, comprender la importancia de los testimonios y los archivos, investigar la historia local y reconocer que el conocimiento histórico se construye mediante evidencias, paciencia y rigor.

Pero las memorias también exigen nombrar las responsabilidades. La última dictadura fue cívico-militar, con complicidades y participación de sectores empresariales, eclesiásticos y de otros actores civiles. Comprenderla requiere ir más allá de la actuación de las Fuerzas Armadas y analizar las relaciones entre represión, poder económico y disciplinamiento social. ¿Qué intereses se beneficiaron con la persecución de trabajadores y organizaciones sindicales? ¿Qué instituciones legitimaron o facilitaron la violencia? ¿Qué silencios contribuyeron a sostener el terror? Estas preguntas no buscan responsabilizar indiscriminadamente a toda la sociedad, buscan investigar las decisiones y complicidades concretas que hicieron posible el terrorismo de Estado.

Las reflexiones de Enzo Traverso (2007) sobre los usos públicos del pasado también nos invitan a interrogarnos acerca de los riesgos de convertir la memoria en un ritual vacío. Una sociedad puede multiplicar los homenajes y, sin embargo, evitar las preguntas que más incomodan. Recordar el 24 de marzo no tendría que significar repetir palabras conocidas sin reflexionar sobre su sentido. La conmemoración necesita permanecer vinculada con la investigación histórica, la justicia y la defensa de los derechos humanos.

Los hallazgos en la Loma del Torito nos recuerdan, además, que el tiempo no resuelve por sí solo las heridas de la historia. Cincuenta años no extinguen el derecho de las familias a conocer el destino de sus seres queridos. ¿Cómo puede considerarse cerrado un período histórico cuando todavía hay personas desaparecidas que buscan ser identificadas? ¿Qué significa hablar de reconciliación si aún existen preguntas sin respuesta? La búsqueda continúa porque la verdad no tiene fecha de vencimiento.

Transmitir las memorias a las nuevas generaciones tampoco significa exigirles que experimenten el dolor de quienes vivieron la dictadura. Los jóvenes no tienen la obligación de heredar el trauma, pero sí la posibilidad de heredar una responsabilidad: conocer lo sucedido, comprender sus consecuencias y defender una sociedad en la que ninguna persona vuelva a quedar indefensa frente al poder. La tarea educativa consiste en acompañarlos en ese encuentro con el pasado, sin imponer emociones, pero sin relativizar los crímenes ni desconocer las evidencias históricas.

Quizás la imagen de la tierra que devuelve aquello que se intentó ocultar sea una de las metáforas más profundas para pensar estas pedagogías. La tierra no recuerda por sí misma; son las personas, la investigación científica y el trabajo histórico los que permiten interpretar sus huellas. Pero cada hallazgo demuestra que el silencio no equivale a inexistencia y que lo ocultado puede ser encontrado. Allí donde se intentó borrar una identidad, la búsqueda colectiva puede devolver un nombre.

A cincuenta años del golpe, transmitir las memorias significa comprender que el pasado no nos pertenece únicamente porque ocurrió antes de nosotros. Nos compromete porque sus consecuencias, sus preguntas y sus aprendizajes forman parte de la sociedad que habitamos. Significa reconocer que la democracia no se sostiene solamente mediante elecciones, también se hace a través del respeto por los derechos humanos, la justicia, la participación y la defensa de la dignidad de todas las personas.

Frente a los hallazgos de La Perla, la pregunta ya no es solamente qué ocurrió hace cincuenta años. También, debemos preguntarnos qué hacemos hoy con esa verdad, cómo acompañamos a quienes todavía esperan y qué enseñamos a las nuevas generaciones sobre el valor de la vida y la responsabilidad colectiva.

Quizás recordar sea, en definitiva, una manera de cuidar el futuro. No porque la memoria pueda impedir por sí sola que la violencia vuelva a ocurrir, sino porque una sociedad que investiga sus heridas, reconoce sus responsabilidades y se niega a naturalizar el sufrimiento ajeno cuenta con más herramientas para defender la democracia.

Mientras haya familias que esperan saber dónde están sus seres queridos, la búsqueda seguirá abierta. Y mientras esa pregunta permanezca abierta, los y las docentes desde las pedagogías de la memoria tendrán, en las escuelas, una tarea irrenunciable: enseñar que ninguna vida debe ser borrada de la historia, que ningún crimen debe quedar oculto y que el derecho a la verdad pertenece a toda una sociedad que necesita comprender su pasado para construir un futuro más democrático, participativo, empático e inclusivo.

Para finalizar, comparto un poema que escribí para esta ocasión “La tierra pregunta”, como una forma de poner en palabras aquello que a veces resulta difícil expresar desde la reflexión más académica. La tierra, que durante tantos años guardó las huellas del horror, hoy devuelve preguntas, nombres e historias que reclaman ser escuchadas. En este sentido, la poesía se convierte también en una forma de hacer memoria, de acompañar la búsqueda de verdad y justicia, y de reafirmar nuestro compromiso con la transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Porque mientras haya preguntas, habrá búsqueda; y mientras haya memoria, el olvido no tendrá la última palabra.

Hay memorias

que no caben en los libros.

Viven bajo la tierra,

en los nombres que faltan,

en las voces

que todavía buscamos.

A cincuenta años,

la tierra devuelve preguntas.

¿Dónde están?

¿Quiénes se llevaron sus sueños?

¿Quién puede enterrar el silencio?

En las aulas,

Esas preguntas abren puertas.

Una fotografía trae un rostro.

Un nombre vuelve a pronunciarse.

Y entonces entendemos:

que recordar

es cuidar la verdad

para que el horror

no vuelva a tener lugar.

Porque hay ausencias

que todavía nos convocan

y una memoria colectiva

que sigue buscando,

con las manos abiertas,

todo lo que nos falta.

Referencias bibliográficas

  • Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI.
  • Jelin, E. (2017). La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Raggio, S. (2023). «¿Qué pasó en la dictadura militar? La dimensión narrativa de las políticas de Memoria». Anales de la Educación Común, 4(1-2), 66-80.
  • Traverso, E. (2007). El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid: Marcial Pons.

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1 comentario en “PEDAGOGÍAS DE LA MEMORIA”

  1. Una nota profundamente necesaria y conmovedora. Pensar las pedagogías de la memoria a cincuenta años del golpe implica comprender que la memoria no es solamente una mirada hacia el pasado, es una responsabilidad ética y política con nuestro presente y nuestro futuro. Los hallazgos en La Perla nos recuerdan que el terrorismo de Estado no terminó con la desaparición de las personas: también buscó borrar sus identidades, sus historias y sus huellas. Por eso, cada búsqueda, cada identificación y cada nombre recuperado constituyen un acto de verdad, justicia y reparación.

    Gracias, Romina, por esta reflexión tan necesaria y por recordarnos que, mientras haya preguntas y búsqueda de verdad, la memoria seguirá siendo una tarea colectiva e irrenunciable.

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