Por Jorge Rodríguez Hidalgo
Soles como dardos[i] emerge contra la tentación recurrente del genocidio. Produce tanto escalofrío como tristeza y desconsuelo leer, medio siglo después de escritos, los poemas y pensamientos de un hombre joven y culto asesinado por el terror de un Estado militarizado, como lo fue el argentino entre 1976 y 1983. Produce tanta aversión como decepción saber que la semilla de los paramilitares de entonces (la funesta “Alianza Anticomunista Argentina”, Triple A, creada por José López Rega) ha germinado de tal modo que es un hecho que una parte de lo que se ha dado en llamar la sociedad civil corre el peligro de padecer la repetición de la historia criminal más sangrienta del país. Hoy, la memoria de los treinta mil desaparecidos, el drama de sus familiares, la suerte de los exiliados, la autocensura de los disidentes del interior, la deglución silenciosa del dolor por la tragedia, no solamente han sido condenados al tabú, sino que son objeto de la negación y, simultáneamente (oh, paradojas a que lleva la excusatio non petita accusatio manifesta), del escarnio público desde las más altas instancias del Estado, que, mediante todos sus resortes institucionales, hacen befa de las víctimas, se lamentan sin vergüenza de que la dictadura no terminara lo que empezó, y amenazan abiertamente con no olvidar… rematar la tarea.
Pero la obstinación es legítima, además de necesaria, cuando se trata de defender el fundamento de la vida, uno de los derechos humanos inalienables y no sujetos (sobre el papel) a credos políticos. La persistencia de los que ponen el cuerpo (por usar una expresión de la filósofa española Marina Garcés) es la piedra angular de quienes anhelan la convivencia en paz y justicia. Nunca faltarán baluartes contra la violencia; siempre habrá un resistente entre las ruinas nefandas que esta ocasiona con cualquier pretexto. Por ello, celebramos que en Argentina la editorial MeVeJu (Buenos Aires) haya dedicado una de sus colecciones literarias (“Versos Aparecidos”) a la recuperación de las obras de poetas desaparecidos/asesinados. Porque la sociedad perdió a muchos de sus ciudadanos, y con ellos perdió una parte de su historia vivida y otra de la historia que nunca pudo realizarse. Eran tan jóvenes, la mayoría, tenían tanto que decir, que es un acto mínimo de justicia intentar conjeturar -ya que no encarnarlos- el alcance de su imposible legado. Al menos, nos queda el consuelo de conocer cuáles fueron sus aspiraciones de juventud y primera adultez, pues jóvenes eran sobre todo los anihilados, los silenciados. Desde esta modesta tribuna, hablan ahora doce poetas, cuyo descubrimiento es “el resultado de una búsqueda detectivesca de poesía inédita, perdida, escondida o silenciada por efecto del terrorismo de Estado”; hablen, pues, “las y los poetas del silencio, no del olvido que nunca los ha alcanzado”.
Jorge Alberto Money (Buenos Aires, 1946- Bosques de Ezeiza, Gran Buenos Aires, 1975) acababa de cumplir veintinueve años cuando fue secuestrado y, como el Cristo, asesinado al tercer día en los bosques de Ezeiza. Estudió Derecho (Unversidad de El Salvador) y Sociología (Universidad de Buenos Aires), y ejercía el periodismo (El Día de La Plata, La Opinión, Mayoría) en el momento de su letal “detención”. Militaba en el Sindicato de Prensa y en la Juventud Trabajadora Peronista. Vio publicados los libros de poemas Nuevas elegías a mí mismo (1967) y María Cuatropasos (1969), así como los ensayos El mccarthysmo (1973) y Banqueros, financistas y capitanes de la industria (1973). Su poesía debía de parecer, a los incultos ojos de sus ejecutores, “un arma cargada de futuro” (como escribiera el poeta español Gabriel Celaya), pues el hombre recibió el apremio de la muerte y sus allegados, el del silencio de la orfandad.. No en vano, cuando la cerrazón avanza, la primera sacrificada es la libertad.
Soles como dardos reúne poemas escritos por Money en dos etapas: 1967-1969 y 1973-1975, que en la obra constituyen las partes I y II, respectivamente. Los textos del primer período proceden del archivo personal del padre del poeta, quien los conservó hasta su muerte (2001). Posteriormente, el hermano de Jorge Alberto los entregó al unigénito de este, Matías Money. Los poemas compuestos en el segundo segmento temporal los confió Money a un poeta amigo, Alberto Szpunberg, solo unos días antes de su trágico fin. Szpunberg los llevó consigo al exilio (Barcelona), donde permanecieron inéditos hasta que en 2005 compartió uno de ellos (“atiende”) con la Sociedad Argentina de Escritores, que lo incluyó en Palabra Viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. En 2009, la colección “Los Detectives Salvajes”, dirigida por Juan Aiub y Julián Axat, publicó la antología En la exacta mitad de tu ombligo, donde se recogen once de los poemas de Soles como dardos.
I (1967-1969): Integra doce poemas, algunos de los cuales son descartes del poemario María Cuatropasos. Los temas tratados en ellos completan, a modo de teselas, el mosaico del ideario vital y político de Jorge Alberto Money; a saber: la inobediencia a los credos religiosos y al patrioterismo (“Hoy no tengo madre,/ ni patria, ni un amigo/ a quien invocar en mi vigilia./ Tan solo/ las sombras y el olvido…/ son mi patrimonio.// Hoy./ Hoy soy el cristo vivo/ de una nueva religión sin dioses”); la decadencia de la sociedad, su alienación y languidecimiento: la soledad, la extendida narcolepsia moral (“Se dejó caer/ y apoyó la cabeza/ sobre su morral/ repleto de cuentos/ de poesías y de sueños/ allí/ al borde del camino/ y se durmió”; “Solos, muy solos, estamos/ esta noche”; “Vivir la vida/ de a tragos, sobriamente/ con mesura, con cautela, con decoro,/ resignado. O vivirla como fuego/ que se metió adentro mío/ y que me quema./ ¡Me está quemando la vida!”; “Soldado de la vida/ aunque tenga que matar/ para tenerla”); el sentido de la lucha por la mejora de las condiciones sociales (“Cuándo volver/ ¡si ya fue el tiempo! […] ¿Para qué golpear?/ ¿Para qué seguir golpeando?// Si el comerciante/ continúa en su comercio,/ comerciando con las sombras/ y la idiotez del mundo/ y este miedo mío,/ metido hasta los huesos./ Si todos creen justo/ abandonar la justa/ gestión/ de los incrédulos./ Y casarse/ y tener hijos/ y concurrir a su empleo,/ habitualmente,/ para no tener/ que vivir/ teniendo una pistola entre las manos”; “Porque no es lícito/ hablar de la miseria/ del hombre y su injusticia/ y del escarnio/ al que muchos se someten./ ¡Venid! Versos míos./ Venid todos juntos/ a vomitarles en sus rostros/ esas sucias verdades/ que avergüenzan./ A gritarles/ a los pueblos/ que también se venden las naciones./ Que en la Bolsa,/ también/ se cotizan las banderas. […] Terroristas, solamente,/ son aquellos/ que ya no aguantan más/ y salen a hacerles explotar/ su sed y su rencor/ en medio de los ojos”); la necesaria conciencia política (“Yo fui el que trajo/ un río de cenizas a tu boca.// El que te hizo conocer/ el sabor de la arcilla.// Quien te mostró la rosa/ preñada de gusanos.// Quien compartió contigo/ su pan amargo”; “¿Dónde está la salida? No en los cuerpos. […] ¿Cuál es la salvación? No la palabra/ que en nombre de un destino destituye/ la posibilidad de otro destino,/ que termina por ser definitiva/ forma de soledad, signo de abismo”).
II (1973-1975): Veintitrés poemas componen la segunda parte de Soles como dardos. La poesía intimista se imbrica en la de corte social para manifestar que nadie es nada por sí solo y que los asuntos de todos son tarea de cada uno individualmente (“Como en una isla/ detenidos permanecemos/ náufragos/ reunidos sin convicción/ desnudos/ de inocente desnudez/ ya resignados/ vemos pasar un navío/ sobre el horizonte/ y nadie tiene/ siquiera una camisa/ para izar en lo alto”). Al mismo tiempo, los textos traslucen el autoritarismo reinante y el miedo a la represión tanto como a no poder dejar de denunciar a los acechantes. Algún poema vaticina lo que poco después sufriría en sus propias carnes el poeta, así como el exilio a que se verían abocados tantos ciudadanos (“No me interesa demasiado/ saber de qué lado de mi piel va a entrar a crecer/ el agujerito final/ el agujerito final por el que se me vaya/ […] la vida a borbotones”). ¿Qué hacer, entonces? (“Edipo mató a su padre en legítima defensa/ y poseyó a su madre por legítimo derecho. […] Si te han arrojado al abismo/ o abandonado en el desierto/ reniega de tu casta/ abjura de tu dios/ no reconozcas padre ni madre”). La poesía tiene algo que decir, una función social que cumplir (“Qué hay de malo en que yo me ocupe/ de los asuntos públicos en mis versos?/ no represento a partido alguno/ ni a nadie pretendo halagar con ello/ tampoco es una mera cuestión/ de arte poética/ lo hago como simple ciudadano/ y solo en esa medida/ solicito ser atendido/ pido la palabra/ y hablo”). Porque los “habitantes de la ciudad” están aletargados (“la lengua asoma su forma de reptil inquieto/ y revuelve su modorra contra el afilado borde de los labios/ arrancándose lagañas de breve vida amenazadas por mañanas/ y soles como dardos…”), la sociedad dormita mientras el militarismo enseña sus poderes (“Y serán el aspecto de una sustancia futura/ aquellos soldaditos/ con su rataplán rataplán/ cuando algún caminante francamente hastiado/ les arroje al paso/ la maravillosa libertad de su saliva”), mientras la patria te expulsa (“de qué vale/ tener una casa/ si nos niegan/ las llaves/ para penetrar en ella// no habrá más remedio/ que asaltarla/ por las ventanas// y una vez adentro…”). El lenguaje, de forma progresiva, se acerca al campo semántico de la violencia (“Aquellas palabras le abrieron una herida en el pecho/ como una bala de obús cava sin quererlo una trinchera”; “Cárcel cárcel cárcel:/ esto no es un poema/ son quinientos sesenta barrotes/ y ochenta y dos hombres detrás de ellos// exactamente”). Se acerca el tiempo de la actuación (‘Facta, non verba’), las palabras empiezan a ser sobreras (“Busca aproximarte a través de la idea y lo entenderás/ pero no será con la inteligencia sino con tus manos/ debes empezar a palpar la memoria es hora ya/ de que aprendas a conocer como los ciegos”).
El último poema del libro, “atiende” (poema “con forma de panza”, al decir del editor de Soles…), es el que envió el poeta Alberto Szpunberg, en 2005, a la Sociedad Argentina de Escritores para ser incluido en el libro Palabra viva…Se dirige a su hijo, Matías Money, con el desgarro de la lucidez (“si nuestro hijo recoge la bandera que dejamos o por/ el contrario un ejemplo la olvida la traiciona la/ veja la vende a razonable precio entendeme si/ nuestro hijo mañana es muerto por ir más/ allá de donde fuimos o por menos o por/ error o por justicia o por lo que sea/ si los muertos somos vos o yo o los/ dos y él [el hijo] quien nos fusila de todos/ modos Manés habremos ganado/ porque la libertad es lo único/ que debemos legarle lo demás/ compañera amiga mía/ no tiene mayor/ relevancia”).
Y desapareció Jorge Alberto Money, y lo asesinaron en Ezeiza; y desaparecieron muchos otros, hasta treinta mil, y los asesinaron, algunos lanzados desde el aire a las fauces del océano ocultador… por el tiempo suficiente para que fuera definitivo. Pero aquí está, (aquí están) en este presente que los herederos de los asesinos quieren volver a tacar de sangre antes de esconderlo no tras el olvido, sino tras el desprecio, tras el frío desprecio que alimenta la ignorancia del que no conoce, del que no sabe, del que sigue únicamente a dioses con balones de fútbol, a garrulos con carajos patibularios, negadores del genocidio pasado, negadores de la miseria actual, a vendepatrias que tienden alfombras rojas a los saqueadores norteños, a los insaciables y despiadados saqueadores de todos los tiempos sangrientos.
[i] Soles como dardos, Jorge Alberto Money, Editorial MeVeJu, Col. Versos Aparecidos, Buenos Aires, 2024




